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Celebrar, es aquel verbo lleno de belleza y de misterio que reúne el descansar, disfrutar, expresarse, acoger y agradar. Celebrar, es un verbo que supera esta tierra, porque de algún modo la bienaventuranza del cielo no, es sino una inmensa celebración.
Celebrar, es tan connatural al hombre, que no conocemos una sola cultura, ni antigua ni moderna, que no tenga sus rituales, sus fiestas y sus celebraciones. Ya se trate de conciertos de rock, festivales de la panela o semanas santas, todos los pueblos tienen algún género o muchos géneros de celebración. Tal parece que todos necesitamos ponernos solemnes alguna vez, y todos necesitamos llorar juntos alguna vez, y todos necesitamos alegrarnos juntos alguna vez y muchas veces.
Es inútil por ello pretender eliminar las celebraciones de la cultura humana. El camino correcto es depurarlas, iluminarlas y ¿por qué no decirlo? santificarlas. En realidad el razonamiento es sencillo: puesto que siempre habrá celebraciones y fiestas, o aprendemos a alegrarnos y celebrar en cristiano, o siempre habrá una huella pagana y adversa al Evangelio entre nosotros.
Con este criterio ha obrado la Iglesia desde sus tiempos antiguos. Bien sabemos, por ejemplo, que la Fiesta de la Natividad del Señor vino a reemplazar el Dies Solis Invicti de los romanos. Y en el fondo, las festividades litúrgicas han tenido siempre un antecedente en celebraciones ajenas a la historia de la salvación. Digamos por caso, la pascua tuvo sus primeros ancestros en la llegada de la primavera, con la que también iniciaba el nuevo año. Así se da un proceso que va de la pura alegría "natural" y "profana" hacia la alegría "en la salvación", una alegría "sagrada".
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